Recuerdo que, al poco tiempo de mudarnos a casa, se escuchaban siempre por las noches pasos en la escalera.
Incesantes, eternos, parecían atrapados en un ascenso sin fin. El sonido de las pisadas reverberando en el silencio infinito de mis miedos a esas noches.
Recuerdo el terror que me causaban, las horas sin sueños, el cansancio. Todo, por los visitantes impresentes, los extraños habitantes.
Ha pasado un tiempo desde eso. Un buen tiempo. Ahora bajo sola en mitad de la penumbra -aunque no sin el involuntario recuerdo y la extraña sensación de sentirme invasora a ese mundo de sombras- a veces desciendo en silencio, sin querer perturbar esa tranquilidad irreal, otras, hago tanto ruido como me sea posible, como alertando de mi presencia.
Transito casi jugando con las sombras y ese mundo que me intriga.
Subo.
Bajo.
Vuelvo a subir. Me olvido cosas en los distintos pisos y de nuevo piso las escaleras, solo para olvidarme lo olvidado y encontrar la excusa para moverme una vez más por los peldaños y no irme nunca jamás a dormir.
Me pregunto, me pregunto, me pregunto, mientras giro, salto y juego en las escaleras: ¿No serían esos viejos pasos acaso, los ecos de mi eterna indecisión? Susurrados en el pasado como futuro, Vividos en el presente como pasado.
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