b III a
Ni en el olvido, ni en la oscuridad, ni en las tinieblas. Ni en tus garras amorfas, ni en el oro abrasador del sol.
Porque no me encontrarás en nada, mientras yo no sepa qué soy.
Un castillo. Un castillo de piedra que se eleva hasta casi tocar el cielo turbado.
No hay más entrada que una puerta sólida, no se francamente de qué clase de madera. (Y yo no quiero entrar). Pero entro.
Soy frágil, soy inocencia, soy una mirada asustada e indefensa que penetra en el recinto sagrado contra su voluntad, y guiada sin embargo, por sus propios pasos. (Como si mi mano invisible me empujase desde entonces; hacia entonces).
Una rosa roja en una habitación inundada de flores, y sentimientos que recargan la atmósfera y perturban mi mente.
Llanto.
(Ecos que se mezclan con el mío).
Dulzura.
(Dulzura que no apacigua ese llanto porque no puede esconder la verdad).
Tristeza y resignación.
Una rosa roja en una habitación inundada de flores y una niña de fragilidad e inocencia que la busca con desesperación llamándola “¡mamá, mamá!”, y la voz que contesta desde todas partes, desde ninguna (puesto que las rosas no hablan) en un lenguaje que no necesita de las palabras para la comprensión.
Alguien ha tomado el castillo, alguien se oculta en lo más alto de la fortaleza, donde no hay techo, no hay paredes, no hay nada; solo una escalera que sube a una azotea lúgubre resguardada por una puerta cerrada de metal.
El llanto llena los pasillos en silencio y resuena peor y más lastimero que los gritos de los condenados en el infierno. Son tantos otros niños, tantas otras miradas de cristal transparentes rotas, sin esperanza, que lloran por tantas flores multicolores presas por siempre en esa habitación en sus jarrones y campanas de vidrio.
- mamá- dice la niña,
- mamá- solloza.
Y la voz de la rosa resuena en su mente, en los pasillos y en la eternidad.
El monstruo quiere la llave, y yo no se dónde está. El monstruo quiere la llave y yo no se la puedo dar.
La verdad os hará libres; pero, ¡cuán cruel es dicha verdad!
La niña corre contra el tiempo, corre para detener otra ejecución. Corre contra ella misma, con las voces y los llantos que la alientan a seguir.
Pero es tarde, el tiempo del monstruo ha transcurrido, aunque no pareciese que fue así. Y de nada me vale la llave, ni las súplicas, ni el llanto.
El padre debe morir.
Arrodillado, de un golpe violento, un haz de luz mortecina y violeta se lo lleva. Se lo lleva para siempre.
Y ya no hay esperanzas para la rosa, ni para la niña, ni para los que vayan a entrar después al castillo.
Jaque mate.
Y no se esconde la dureza en esos hechos, ni se esconde la desdicha.
Quimeras y demonios celestiales y seres de otros mundos la reciben de los sueños y la estrechan en sus brazos, la protegen y resguardan.
Y los abrazos se disipan en el tiempo y las voces se acallan con las distancias y pronto, esa mirada de fragilidad e inocencia se queda sola frente al espejo.
La imagen se transforma con los años, más violentamente a medida que se alejan sus guardianes de antaño.
Y entonces, solo hay un grito, continuo y ahogado.
Y una niña entra en un castillo de una sola puerta, del cual una voz en su mente le dice que se aparte.
Y un sueño de terror se repite incomprensiblemente sin que se pueda descubrir su sentido.
Una llave que no sirve, porque la verdad no puede ser detenida, ni con la más pura intención;
Y entonces, finalmente, ha comprendido.
Y no hay más rosa, ni ídolo, ni pureza de cristal. Los muros han caído, los reyes, asesinados. Porque ya desde el principio, sabía ella que no podría haber otro final; solo que no lo había visto.
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